sábado, 16 de enero de 2010
La rueda de la fortuna
Chillé desde la puerta sin resultados. Llamé a la tipa del anuncio y me dijo que se pondría en contacto con su compañero de piso. Resulta que el no estaba en casa. De mientras escalé la valla para investigar y justo un chico apareció por detrás. Comenzamos a hablar en francés.
- ¿Eres español? – me soltó en mi propia lengua.
- Sí :) , dónde aprendiste a hablarlo – le dije-
- Cerca de Barcelona, en Barberá del Vallés
- ¿Queeeeeeeeeeeeee???? !!!!!!
Resulta que aprendió el español en el Hotel Campanille, cerca de un centro comercial a diez minutos de casa de mi madre, donde me crié.
Hablamos largo y tendido y quedó en llamarme el martes.
Se despertaron las señales y volvió la motivación como si nunca se hubiese ido. Estrujé al máximo esa buena onda y concerté otras dos citas: una para el lunes, otra para el martes.
El abanico se abrió mostrándome tres caminos de colores diferentes. Pasé a tener las opciones que siempre habían estado allí pero que nunca me había dignado a mirarlas.
...en el próximo episodio: fin/inicio de ciclo: la casa de los sueños...
El Bajón
Perdía el día entero en hacer una sola visita. Iban pasando los días y las semanas y la cosa iba de mal en peor. Las casas estaban destruidas a causa de la cantidad de fiestas que soportaban. Poco a poco se iba erosionando la esperanza de encontrar un hogar en equilibrio.
El último viernes del mes de octubre me fui a un concierto reggae para desconectar un poco. Al día siguiente conecté con una resaca terrible. Las Bavarias son muy traicioneras… No tenía nada que comer así que me fui al supermercado situado a diez minutos de casa. Me encontré con una vecina que empezó a hablar conmigo hasta que se dio cuenta de mi cara de pollo asado y se fue asustada.
Al volver a casa intenté imaginar una forma de transformar ese día. Cogí un periódico (del revés) y lo puse del derecho. Comencé a revisarlo. En el periódico había una sección de anuncios que escribían particulares con motivo de compra/venta/alquiler de todo tipo de cosas. Lo había revisado y marcado como en cuatro ocasiones. Quizás se me había pasado algún detalle por alto. Volví a comenzar desde el principio y a valorar cosas que había descartado de antemano. Sorprendentemente encontré tres cosas interesantes.
Chico
Mi compañero de piso seria un perro llamado “Chico”. Un caniche o algo parecido fue lo primero que pensé. Un perro “chico” por deducción no puede ser muy grande.
Cuando llegábamos a la casa que estaba por las alturas de Saint Paul se oían los ladridos de la lejanía.
Al bajar del coche me entró un ataque de risa al ver lo acertado que estaba. Era el rottweiler más grande que había visto en mi vida.
- ¿Cuánto pesa esto?-le dije-.
- Más de cincuenta kilos.
Casi como yo, genial. Le lanzó una barra de pan duro de las muchas que nos habían regalado en la panadería y la cogió al vuelo. Luego empezó a menear la cabeza de un lado a otro hasta que descuartizo y se fue tranquilamente a su casita para acabar con los restos.
- Cuando coma, no le molestes, eh?
- De momento quiero conservar mis brazos, no te preocupes.
Cuando Chico “el grande” terminó, vino a buscar cariño. Debajo de esa fiera se escondía un perro juguetón. Se empezó a emocionar y me montó la pierna.
Si le quitaba quizás me quedaba sin brazo y sino con la pierna hecha un cristo.
François invertido rápidamente y me dijo que me mantuviera firme si no quería que el perro se subiese a la parra. Hice lo que pude y el perro se fue calmado.
De vez en cuando le tirábamos más barras de pan para que se olvidara de mis piernas y me dejara visitar la casa.
El hogar de François era tremendo. Estaba situado a trescientos metros de altitud. Es algo muy importante. En Reunion el verano empieza entre octubre-noviembre y el calor al nivel del mar es insoportable. Además tenía un jardín muy hermoso con árboles frutales y la casita de Chico. La casa tenia dos pisos. Abajo salón, cocina, dos habitaciones y el baño. Arriba una guardilla.
- Sergio, en una semana me voy a Montpellier a ver a mi hija. Me gustaría que te quedaras en casa. La única responsabilidad que tendrías seria dar de comer a Chico.
- ¡Pero este perro come como un demonio, puedo perder horas!- bromee-.
- Puedes venir a partir de mañana si quieres y te mantendré el precio del apartamento de “Saline le Bains”.
Esta si que es buena. Una casa cuyo alquiler cuesta unos mil doscientos euros por trescientos.
Me salió un “No” por respuesta. François se quedó alucinado y yo también. La historia era que mi idea era vivir con gente, al menos para empezar. Es mejor para conocer un lugar y sociabilizarse un poco. Además esa casa no estaba muy bien comunicada. El no tener coche podía convertirse en un problema a la hora de moverme. En cambio mi apartamento en el oeste sí estaba bien comunicado y muy cerca de la playa.
François comprendió mis argumentos y me dijo que si cambiaba de opinión que le llamara.
martes, 12 de enero de 2010
martes, 1 de diciembre de 2009
Diario Mulutiano, Las fiestas de Saint Benoît
Un día caminando tranquilo por la calle, volviendo de una cita para la compra de un coche me encontré un papel tirado en el suelo. Como me gusta reciclar lo cogí y decidí leerlo. Se trataba del programa de las fiestas de Saint Benoit.
Payasos, teatros y conciertos por la calle. No podía perdérmelo.
Me decidí en la fecha señalada y me fui en autobús hacia el este, la punta opuesta de la isla totalmente desconocida para mí. Nunca había visto un paisaje tan verde con una niebla tan densa. Era como atravesar el bosque de las hadas con el eco del canto de los pájaros. Un recital muy hermoso.
Al llegar a Saint Benoît la niebla desapareció dejando paso al sol. Se veía mucha gente por la calle y eso que era temprano, las tres de la tarde. Familias con sus niños, jóvenes con sus cervezas. Todos tenían alguien con quien compartir una fiesta dedicada al arte.
Ya en la estación pregunté por el último autobús para volver a casa. Era a las cuatro.Me quedaba una hora. Dando rienda suelta a mi imaginación pensé que era la última de mi vida y decidí no perder el tiempo.
Había mucho donde escoger y una sola posibilidad, no había tiempo para mas.
Caminando a paso ligero me fui hacia un concierto. Ya había comenzado. La energía de la banda me cautivó. La percusión volaba del aire a mi pecho y mi cuerpo vibraba con ellos. Era música maloya, típica de la isla.
Pude disfrutar de tres canciones hasta que me fui a la parada del bus. Resulta que había una justo al lado del concierto. Que suerte. Desde el concierto se veía la carretera por donde pasaba, así que volví. Entre la gente reconocí a un chico mejicano que me habían presentado en otra ocasión. “Ésta isla es como un pañuelo” – pensé- puedes encontrarte a todos en cualquier lugar. Mientras hablábamos de la vida empezaron a aparecer más caras conocidas. Nos saludamos todos. Entre ellas estaba Juju, una chica muy simpática que había conocido en un viaje en catamarán por la costa oeste, en la que tuvimos la suerte de vislumbrar delfines, ballenas y un pequeño ballenato.
Les expliqué que tenía que marchar y me propusieron de quedarme con ellos. Después de una corta reflexión decidí quedarme; el panorama lo merecía.
Iba llegando más y más gente y el grupo crecía y crecía. Acabó el primer concierto y todo el mundo sacó lo que tenia para compartir con el resto. Algunos tenían fruta, otros zamal, unos chocolate, otros embutido, unos cerveza… yo nada.
Rápidamente fui a comprar cervezas: las típicas Dodos de Reunion y alguna Bavaria (conocida en Montpellier por sus efectos devastadores).
¿Quién fuma? – El puma ¿Chocolate? – Vale, un cachito ¿Una cervecita? – Si está tan fresquita…
El estrés ocasionado por la presión del tiempo poco a poco se esfumó. La banda sonora cambió dando paso a un concierto de reggae: Positive Vibration Yeah!
La última hora teórica se había transformado en una tarde que escapó por el horizonte burlándose de su persecutora, la noche.
Buena música y horarios made in France. A las doce acabó todo. Dos chicas del grupo se colaron en la escena y hicieron buenas migas con los cantantes del último grupo. Las invitaron a una fiesta privada y en consecuencia a nosotros también.
Pegamos un salto y nos desplazamos al After donde finalizó el festival para nosotros no sin antes brindar con unos vasitos de ron por lo que que vino y por lo que vendrá.
En el próximo episodio “historia pendiente de título”
domingo, 15 de noviembre de 2009
Diario Mulutiano, Gata Blanca
Gata blanca
La vida es un misterio. Hay veces que sin razón aparente coloca en tu camino seres que plantean retos.
Una mañana al salir de mi apartamento descubrí enfrente de mi puerta una gata blanca. Maullaba mucho. Parecía triste. No era un animal callejero ya que estaba muy limpio. La acaricié un rato y me fui, pero ella me siguió. No me lo pensé mucho y la subí a casa. Tenía un ojo cerrado y en el otro, el iris con manchas blancas. Pensé que su dueño le había pegado una paliza y después abandonado. Pero no había marcas… Tenia que resolver ese misterio.
Mientras le daba vueltas al tema me fui a comprarla comida. Hay que ser un buen anfitrión así que no escatimé en gastos: paté de salmón ( para gatos ), sardinas al vino blanco ( para personas ) y tierra para que no tuviera vergüenza de hacer sus historias escatológicas.
Cogí un cartón por la calle y le fabriqué una cajita. Al volver a casa la gata estaba durmiendo en mi cama. ¡Que listilla!
La cogí y le expliqué que ese no era su sitio. Creo que no lo entendió del todo ya que intentó subir en repetidas ocasiones.
La observé mucho rato. Se movía de forma extraña. Sus movimientos no eran precisos. Volví a observar sus ojos y le abrí el que tenia cerrado. Mi sorpresa fue brutal al descubrir que no tenía ojo. Era ciega de nacimiento.
Decidí ponerla un nombre: cieguita, blanquita, barbablanca… ninguno me gustaba. La llamé Indi. Indi como Indiana Jones. Él es un personaje valiente así que con ese nombre seguro superaría sus miedos.
- Indi, Indi, Indi!!! - La cogía y saltaba con ella - ¡Vamos a comer!
Probé con el salmón. No comía. Probé con las sardinas. No comía. Le intenté abrir la boca. Nada. Entonces fui yo el que se comió una sardina.
- ¡Mira, mira! ¡Mmmm que rico!-Caso omiso.
Me quedé con ella toda la mañana tarde y noche del sábado y siguió sin comer. Ahí me empecé a preocupar. La llevé al veterinario al día siguiente.
En el veterinario verificaron que no tenía ni chip ni tatuaje. Eso iba a dificultar mucho la búsqueda del dueño. Luego intentaron darle de comer sin éxito. Me confirmaron que era ciega de nacimiento.
Poco antes de finalizar la consulta, irrumpió en la sala el que era el máximo responsable del centro. Le explicamos el caso.
Él recordaba vagamente una gata de características similares pero no a su propietario. Me prometió revisar sus archivos y anotó mi teléfono móvil.
A medio día cociné pescado y carne intentando descubrir las preferencias de Indi. El resultado fue el mismo.
Empecé a pensar en lo peor. Los animales a veces rechazan la vida si no la pueden compartir con sus dueños. Tenia que inventar algo, algún método.
Por la tarde fui a comprar el pan ya un poco desesperado. En la panadería de detrás de mi casa todo el mundo cuelga anuncios de todo tipo: cursos de guitarra, chicas que se ofrecen a cuidar niños, venta de coches, motos y todo tipo de aparatos de segunda mano.
Isla Reunión es un lugar donde se recicla mucho porque las cosas en general son caras. También hay algún despistado que pierde animales de vez en cuando…
Encontré un anuncio de una chica que había perdido una gata blanca con manchas marrones. No describía ningún detalle de los ojos. Di por sentado que no era Indi pero lo intenté y llamé.
¡Hablé con la chica resultó ser la dueña! Me comentó que su gata era discapacitada. Vinieron a casa a buscarla en menos de un cuarto de hora. Recogieron la gata, así como la comida y la tierra y se fueron muy agradecidos.
Sentí una mezcla de felicidad y tristeza. Sabía que era lo mejor para Indi así que se me pasó pronto.
El domingo me invitaron a tomar unas cervezas. Vivian a cinco números de casa, en el primero.
En esa ocasión no fui pero sí en muchas otras. Ahora Indi come estupendamente. Su verdadero nombre es “Petite Papillote” aunque para mí siempre será Indi.
en el próximo episodio: las fiestas de san benoit